La superliga de las pibas

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Crónica publicada en Tercer Cordón. 

Por Federico Frau Barros

“¿Mi paraíso? La cancha, ¿Mi motivación? Mi familia. ¿Mi mejor compañero? El balón, ¿Mi vida? El fútbol”, dice el trapo del club Padre Mugica de la Villa 31 que está colgado sobre el alambrado que da a una de las tres canchas. El predio Don Pepe, en el barrio porteño de Barracas, es la sede donde se juega una nueva fecha de la Liga de Futbol Femenino Barrial (LIFFEBA). Es una tarde cálida, a la sombra, debajo de la autopista 9 de Julio Sur.

Hoy se disputan 12 partidos, desde las cuatro de la tarde hasta las ocho de la noche. La lluvia de algunos sábados seguidos obliga a recuperar partidos y por eso se programaron dos fechas juntas para esta tarde. “Pasan algunos días sin fútbol y lo necesitas. Cuando estoy una semana sin jugar, por más que esté entrenando, no aguanto las ganas”, dice Jazmín, la delantera de ojos achinados del Club Mugica, donde entrena dos veces por semana. Jazmín tiene catorce años y juega al fútbol desde los nueve. “Acá conoces chicas de otros lados, te haces amigas, te pasas el contacto y después te invitan a jugar. Está buenísimo”, explica, mientras espera que termine el partido que se juega en la cancha donde su equipo tiene asignado el próximo encuentro.

LIFFEBA nació a principios de 2018 debido a la falta de posibilidades que tenían las jugadoras de distintos clubes parroquiales de competir con pares y reúne a equipos de diferentes barrios de la ciudad de Buenos Aires y a algunos equipos que pertenecen a la Parroquia San José del partido de La Matanza, donde participan chicas de los barrios Puerta de Hierro, 17 de Marzo y San Petersburgo. Más allá del protagonismo de los clubes parroquiales, la liga no es impulsada por la iglesia y está abierta a que se sume cualquier equipo. La idea es que aumente aún más la cantidad de clubes participantes.

“Antes teníamos varios equipos en nuestro club, pero como no teníamos partidos con otros clubes, muchas jugadoras se fueron. En ese sentido, la liga nos vino muy bien porque ahora pueden competir. Esperemos que de a poco se sumen las que se fueron”, dice Sebastián Martín, director técnico del Club Atlético Virgen Inmaculada de Villa Soldati, sentado en las gradas de cemento que dan a la cancha donde sus dirigidas perdieron un partido y ganaron otro.

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Actualmente hay más de 300 pibas jugando en esta liga que ya tiene nueve clubes: Madre del Pueblo (Villa 1-11-14), Vencedores (Mataderos), Saldias (Villa Saldías), Talita Kum (Villa 20), Club Atlético Virgen Inmaculada (Villa Soldati), San José (La Matanza), Mugica (Villa 31), Virgen del Carmen (Mataderos) y Fátima (Villa Soldati). La dinámica es así: un sábado juegan las mayores de 14 años en el predio Don Pepe, un complejo público que pertenece al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y al sábado siguiente lo hacen las infantiles y juveniles (Sub-8, Sub-10 y Sub-15), que en lugar de hacerlo en un único predio, les toca una fecha de local y otra de visitante. De esta manera, las más chicas conocen también los barrios de los equipos a los que enfrentan.

“Hace tiempo veníamos pensando, junto con gente de otros clubes, en la importancia de la competencia para motivar a las pibas, para que empezaran a sentir la pertenencia al club y las responsabilidades, es decir, todo lo que el juego enseña. Las chicas no tenían un lugar propio, siempre eran espacios satélites de ligas masculinas y ellas no eran protagonistas. Por eso nació la necesidad de una liga exclusiva para chicas”, explica Josefina, impulsora de la liga, atenta al desarrollo de los distintos partidos mientras habla y devolviendo la pelota cada vez que se va lejos de la cancha.

Camila Casalet y Josefina Duffó, las coordinadoras de la liga, son profesoras de educación física. Un verano, ambas coincidieron trabajando en la colonia de la Universidad de Buenos Aires en Ciudad Universitaria, pero no se cruzaron. Tiempo después, en un almuerzo, una amiga en común, le preguntó a Camila cómo se veía para trabajar con fútbol femenino en la villa 31. La idea le encantó y esta amiga las puso en contacto. Así fue que se reunieron en la Villa 31, donde Josefina es profesora de fútbol del Club Mugica, y donde hoy funciona la oficina en la que las dos se juntan tres veces por semana para trabajar en las cuestiones organizativas de la liga.

Actualmente, Josefina y Camila cursan juntas el Postítulo de Educación Sexual Integral en el Profesorado Joaquín V. González. “Estamos luchando para que nos aprueben un proyecto en el Consejo Nacional de la Mujer que tiene que ver con la liga y la educación sexual, donde vamos a hacer intervenciones en cada club. Nos están dando algunas vueltas con el tema del presupuesto porque está complicado el tema económico, pero confiamos en que va a salir. Cuando nos acercamos con la idea y les contamos que queríamos trabajar con ESI en el fútbol femenino, les encantó”, explica Camila.

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La idea de ambas es que esta liga sea una herramienta de transformación social. Por eso, además de crear un lugar de competencia y diversión para mujeres que juegan al fútbol y vincular este espacio con capacitaciones y con la difusión de la ESI, también buscan generar puestos de trabajo para los pibes y las pibas de los barrios contratando árbitros y árbitras que son parte de los clubes que participan y a los que la liga se encarga de capacitar.

“Mi hija juega en el Club Atlético Virgen Inmaculada y uno de los profesores me dijo si me quería capacitar para ser árbitra de la liga. Me encantó la idea y me siento muy bien dirigiendo. Es muy lindo lo que se generó. Cada sábado veo a las chicas muy emocionadas al venir a jugar y cómo  disfrutan también de ir a otros barrios”, dice Johana Medina, árbitra de la liga.

“En lugar de estar la noche anterior tomando, drogándome o haciendo cosas que no hay que hacer, ahora tengo la responsabilidad de levantarme temprano para venir a jugar”, dice Milagro del club Vencedores de Mataderos donde entrena dos veces por semana. “El fútbol me hace sentir libre, me olvido de mis problemas. Nosotras vivimos en un barrio donde pasan muchas cosas, hay problemas todo el tiempo. Y jugar es lo que me distrae de todo eso”, agrega.

Nara es su compañera de equipo, juega en la calle con varones desde que tiene recuerdos, y remarca lo mismo: “Venir a jugar nos sube el ánimo. Por ahí tenemos problemas en nuestra casa y venimos acá y nos sacamos todo jugando al fútbol”. “También está bueno para conocer otras chicas y aprender de ellas. El otro día, unas chicas de otro equipo nos pidieron sacarse fotos con nosotras después de que les ganamos. Eso es muy motivador. Yo les dije: ‘algún día van a ser como nosotras’. Porque la verdad es que al principio a nosotras tampoco nos salía una”, cuenta.

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A lo largo de toda la tarde se escucha de fondo el constante sonido de los silbatos de las árbitras, algunos gritos y también algunos lamentos de las jugadoras, pero casi no se escuchan puteadas. Y esa falta de agresiones, sin dudas, no es sinónimo de falta de compromiso ni de competitividad. Cada una de las jugadoras disfrutó de esta tarde dejando todo en la cancha, o en el paraíso como bien dice la bandera que flamea cada sábado colgada al alambrado. “El fútbol me provoca una libertad que no la puedo encontrar en otros lados. Acá en la liga puedo desafiarme a mí misma frente a otros equipos y ver cómo progreso. Es una satisfacción gigante ver que pateo una pelota y entra en el arco. Competir es hermoso. Me encantaría poder jugar en primera y vivir de esto”, dice Margarita, jugadora del club Madre del Pueblo de la Villa 1-11-14.

 

Link a la publicación original: http://tercercordon.com.ar/la-superliga-de-las-pibas/

 


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