Un Estado fácil para el gatillo

Entrevista publicada en Tercer Cordón

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Por Federico Frau Barros

La bala que le atravesó el pulmón de un lado a otro, pasó a medio centímetro de su corazón. La noche del primero de junio del año 2001, a meses del estallido social del 19 y 20 de diciembre, Carla Lacorte volvía a su casa en el barrio de Quilmes, luego de cursar en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires.

Bajó del 159, el colectivo que había tomado en el correo central, y caminó cien metros por la calle Brandsen hacia la Avenida Mitre, a unas diez cuadras de la estación de tren de Quilmes. Estaba apurada porque iba a cenar con Carlos, su pareja. Pero aquella noche no llegó a su casa porque en esa esquina, sorpresivamente, la abatió un disparo de José Ignacio Salmo, un oficial de la comisaría de Ezpeleta que no solo no tenía jurisdicción en esa zona sino que además se encontraba de franco por ir a comer pizzas con unos colegas policías. El proyectil le entró por la espalda, rozó su corazón y sus riñones, le perforó un pulmón, tocó su médula espinal y la dejó yacida en el piso, boca abajo.

Ese balazo, el primero de un gran tiroteo, no fue accidental. Los testigos vieron que Salmo se arrodilló y le apuntó al cuerpo. Luego inventaría que ella estaba haciendo de “campana” del robo que estaba ocurriendo al Mc Donald´s de Quilmes. Tiempo después, en el juicio, Salmo descartó el argumento de la “campana” porque de esa manera estaría reconociendo que le disparó voluntariamente, lo que él siempre negó, por más que finalmente se logró probar su intencionalidad.

“Desató una cacería”, recuerda Carla, que en ningún momento perdió el conocimiento y, luego de más de una semana en terapia intensiva y creyendo fehacientemente que iba a morirse, logró sobrevivir. De ahí en más, la historia de Carla Lacorte, una mujer que hoy tiene 47 años, es de lucha y valentía contra la desidia del Estado. Como también lo había sido antes, pero con una sola diferencia: hoy se mueve en una silla de ruedas porque esa bala le dejó una parálisis permanente en ambas piernas.

Pasaron tres años hasta que se inició el juicio y trece hasta que finalmente el policía que la baleó fue encarcelado. El proceso fue muy difícil, como suele serlo en estos casos, y el Estado no colaboró durante el juicio como tampoco lo hizo después mediante algún tipo de ayuda o reparación por el hecho. Este año, su caso volvió a ser noticia porque los abogados de Salmo solicitaron su libertad anticipada. “Yo me lo esperaba, pero no que lo pidieran con tanta anticipación. Se adelantaron casi un año al tiempo en que corresponde pedirla”, cuenta Carla que fue acompañada por amigos, familiares y militantes en una movilización frente al Juzgado de Ejecución  de Quilmes donde se leía una gran bandera que decía: “Basta de beneficios a los policías de gatillo fácil”.

Hoy Carla trabaja en la misma veterinaria en la que lo hacía antes de esa noche fatídica, pero ya no puede levantar ni mover animales con la misma facilidad por lo que se dedica principalmente a hacer tareas administrativas. Además de trabajar con los animales, su gran pasión, es integrante y una de las fundadoras del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH) y militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS).

En el local del PTS en el centro de Quilmes comparte sus tardes, ideas y acciones con sus compañeros y compañeras, entre los que se encuentra su esposo Carlos, el mismo que la esperaba esa noche de junio para cenar juntos. Una fría tarde de agosto, mientras sus compañeros y compañeras del partido se sacan fotos con pañuelos verdes por la campaña por el derecho al aborto legal seguro y gratuito, ella se hace un tiempo para la entrevista.

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A lo largo de la charla, en la que cebará mate ininterrumpidamente, Carla hablará de todo lo que padeció, de las más de diez operaciones a las que se tuvo que someter, de su rehablitiación en Cuba, de las muertes por violencia policial que ocurren permanentemente en el conurbano bonaerense y de los grupos de familiares de víctimas de gatillo fácil a los que acompaña. Pero en un solo momento de la charla se le llenarán los ojos de lágrimas: al recordar a su padre, un luchador social cuyo destino también estuvo marcado por una bala. En 1973, Miguel Ángel Lacorte fue fusilado en el Estadio Nacional de Santiago de Chile por la dictadura militar comandada por Augusto Pinochet.

“El vio que el de Allende era un gobierno al que valía la pena defender. Fue para allá y estuvo militando en los Cordones Industriales. Resistió en uno de los cordones más combativos, en Vicuña Mackenna”, cuenta Carla, mientras sus ojos marrones, que mantiene bien abiertos cada vez que habla, se empiezan a poblar de lágrimas. Tenía un año cuando mataron a su padre de un balazo y diez años después, finalmente, supo cómo había sucedido.

“Cuando entré al colegio me di cuenta que había algo raro porque mi hermana tenía otro apellido, el de mi papá de crianza. Con el regreso de la democracia, me contaron qué fue lo que había pasado”, recuerda. “En ese tiempo, ya con el fin de la dictadura, mi mamá y mi papá de crianza empezaron a militar en una sociedad de fomento y en otras actividades más abiertas, al tiempo que yo entré a la secundaria”, explica.

Ese fue el comienzo de su militancia, allí se incorporó al Centro de Estudiantes donde fue delegada de curso junto a Carlos Musante, quien es hoy su esposo. Después de terminar el secundario, se alejó de la militancia por un tiempo. Años más tarde se sumó al Centro de Profesionales por los Derechos Humanos, “un organismo relacionado con la lucha de los trabajadores y no específicamente por la lucha contra el gatillo fácil, por más que es un tema con el que trabajamos permanentemente”, explica Carla.

En la década del ´90, se unió a las filas del Partido de los Trabajadores Socialistas, espacio en el que sigue militando y a través del cual fue candidata a Diputada Nacional en 2011, a Concejala en 2013, precandidata a Intendenta en 2015 y nuevamente candidata a Concejala en las elecciones legislativas de 2017. En todas las campañas, la lucha contra la impunidad y el gatillo fácil fueron parte de sus reivindicaciones.

“Queremos entrar al Concejo para llevar también a ese ámbito la lucha que damos todos los días en las calles contra el gatillo fácil y la represión a nuestros pibes”, dijo en agosto de 2017, durante la campaña electoral. “De alguna manera, siempre estuve vinculada y al tanto de la problemática del gatillo fácil. Yo estudié en el Colegio Nacional de Quilmes, en el que el fundador del Centro de Estudiantes, Agustín Ramírez, fue uno de los primeros casos de gatillo fácil de Quilmes”, dice Carla y agrega que hace pocos días estuvo reunida con la madre de Agustín, como suele hacerlo con distintos familiares de víctimas de violencia estatal para acompañarlos y asesorarlos.

El accionar de las distintas fuerzas represivas del Estado es algo que le preocupa y que la ha golpeado -como ella misma dice- desde pequeña y en distintos momentos. “Cuando a mi me pasó lo que me pasó, corría, por decirlo de alguna manera, con una ventaja. Como yo venía acompañando este tipo de casos, sabía con lo que me estaba moviendo”, reconoce.

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Carla no vacila a la hora de dar estadísticas sobre el tema, tira cifras con la misma naturalidad con la que podría decir el número de su documento de identidad. “Solo uno de cada tres casos de gatillo fácil es denunciado, justamente porque suelen suceder en las barriadas más pobres, donde pueden apretarlo más fácilmente. A las familias les cuesta mucho hacer la denuncia porque, por lo general, se pone el foco en el pibe y no se lo trata como víctima. La mayoría de los casos, el 60 por ciento, son jóvenes de entre 13 y 25 años, según datos de Correpi”, dice Carla. “Siempre el pibe es culpable. El gatillo fácil es el control social en los barrios”, agrega.

“Hay una complicidad terrible entre el aparato represivo, el poder judicial y el poder ejecutivo. Ese círculo es lo que permite que sucedan estas cosas. Y para que ese círculo cierre, tiene que estar avalado por los distintos poderes, por acción o por omisión”, explica Carla y deja en claro que no es nada fácil poder con eso. “Nosotros peleamos por meter presos a todos y cada uno de los asesinos de gatillo fácil. Es difícil, sobre todo cuando te encontrás con que hay un círculo de impunidad tan sólido y mientras se sancionan leyes cada vez más represivas. Mientras siga existiendo un sistema donde haya explotadores y explotados, van a seguir habiendo fuerzas represivas que sean el brazo armado del Estado y que van a seguir metiendo bala. Más, o menos, pero van a seguir matando pibes. Pasa con este gobierno y pasó con los anteriores”, explica.

“La única forma de terminar con esto es con la organización de los familiares de las víctimas, de los organismos de derechos humanos, y de los jóvenes, que son las principales víctimas de esto. Por eso mi militancia no queda solo en el plano de los derechos humanos, por más que voy a seguir peleando por eso hasta el último día, sino que va más allá. Es por eso que integro el PTS en el Frente de Izquierda porque creemos que esto no se acaba cambiando de gobierno sino que se termina con un gobierno de los trabajadores, donde no haya una clase que oprima a otra”, dice.

En 2004, cuando Carla luchaba para que se iniciara el juicio a Salmo, en una movilización la entrevistaron de un canal televisivo. “A mí no hay ninguna respuesta que me conforme. Yo sigo en mi silla de ruedas, y este oficial sigue poniendo en peligro a todo el mundo y gozando de su completa libertad, mientras a mí me cortó la vida, las piernas, mi carrera, todo”, dijo, cuando todavía faltaban casi diez años para que el expolicía pisara por primera vez la cárcel, de donde puede ser liberado este año. “Creo que el hecho de que hace pocos meses se haya planteado esta posible liberación con anticipación de Salmo es parte de la doctrina Chocobar”, dice.

Carla traza un paralelismo entre el contexto en el que ella fue víctima de gatillo fácil en 2001 y la situación actual de las fuerzas represivas del Estado con el Ministerio de Seguridad bajo el mando de Patricia Bullrich, también integrante del Gobierno Nacional en aquellos tiempos no tan lejanos.

“Hoy vemos un refuerzo en el intento por avalar la doctrina represiva y así sostener el acuerdo que han hecho con el Fondo Monetario Internacional. Hay un salto de cantidad y calidad en materia de represión. Se busca respaldar a las fuerzas, como sucedió en el año 2001. Cuando yo fui víctima, el gobernador de la provincia era Carlos Ruckauf y proponía combatir la delincuencia con su famoso “meta bala”. Eso trajo un crecimiento de los casos de gatillo fácil y en junio de 2001 hubo un pico que lamentablemente inauguré yo. El único mes en hubo más víctimas de las fuerzas policiales ese año fue en la represión del 19 y 20 de diciembre que terminó con 39 muertes”, recuerda Carla.

Desde aquella trágica noche a partir de la cual su vida nunca volvería a ser la misma, y los difíciles días posteriores donde estuvo entre la vida y la muerte, Carla sabe del mal que el Estado puede causarle a sus ciudadanos, porque lo vivió en carne propia. Pero su decisión, desde ese entonces, es la de luchar día a día para cambiar la realidad.

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Hoy Carla se convirtió en una referente en la lucha contra el gatillo fácil y la impunidad, como ella misma se define. Está presente en cada una de las marchas contra el gatillo fácil y en cada 24 de marzo en Plaza de Mayo. A pesar de todo, sigue teniendo fuerzas y, como ella explica, se alimenta colectivamente de los y las familiares de víctimas de las fuerzas represivas para luchar por un país mejor, libre de impunidad y violencia policial.

“Nunca perdí la conciencia”, dice a la hora de recordar el instante del balazo. Y esa misma frase sirve para describir todos los años que vinieron después de ese primero de junio de 2001. El paso del tiempo demuestra que si hay algo que la mueve hacia delante a Carla Lacorte es justamente la conciencia, de clase, de lucha y de trabajadora.

 

Fotos: Juliana Szerdi

 

Link a la publicación original: http://tercercordon.com.ar/un-estado-facil-para-el-gatillo/

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